Los mejores mueren
a
menudo por su propia mano
sólo para huir,
y aquellos que quedan atrás
nunca terminan de entender
por qué alguien querría huir de ellos.
y aquellos que quedan atrás
nunca terminan de entender
por qué alguien querría huir de ellos.
Charles Bukowski
A
Luis Enrique le encantaba el baile, la gimnasia, las series de Disney y las
bandas juveniles de pop. Vivía en una zona humilde de Lima y tenía 15 años, una
edad muy jodida. La adolescencia puede llegar a ser una verdadera pesadilla, mucho
más cuando se es diferente.
Normalmente,
los chicos que sufren durante la pubertad solo esperan el momento de salir del
colegio y empezar la vida a su manera. A Luis Enrique no le faltaba tanto. Lamentablemente,
en casa él tenía otro infierno. Sus hermanos no aceptaban sus gustos y forma de
ser, y lo llamaban constantemente “maricón”. Su media hermana, Angie, era la
más cruel con él. Lo insultaba y, cuando él se atrevía a defenderse, lo
golpeaba y lo denigraba de diversas maneras.
El
vaso terminó rebalsando ayer miércoles. Luego de una pelea con su hermana fuera
de casa, Luis Enrique volvió a su hogar con la cabeza aún adolorida por los
golpes y con la ropa aún mojada. Ella le había tirado orina encima. Cuando el llegó a su casa y vio que no había nadie,
tomó unos cables que encontró, los amarró a unas maderas del techo, y se
ahorcó.
No
es ninguna novedad que en Perú los jóvenes homosexuales suelen vivir
martirizados por la sociedad y muchas veces por sus propias familias. Tampoco
lo es que el Estado, cegado por su conservadurismo, no haga nada para
protegerlos o hacerlos sentir parte. El jueves 4, el Congreso rechazó incluir
dentro del proyecto de ley contra crímenes de odio –una iniciativa que venían
empujando los sectores progresistas desde hace mucho- las categorías de “orientación
sexual” y de “identidad de género”. Esta exclusión no sólo evita que se
aumenten las penas por las agresiones homofóbicas, sino que significa también darle
la espalda, una vez más, a una de las minorías más discriminadas en el país.
¿Cómo
puede justificarse que se defienda a quien es atacado, por ejemplo, por su
religión, pero no a quien sufre lo mismo por su orientación sexual? Uno de los
congresistas que votó en contra, el pastor Humberto Lay, argumentó que no
existen suficientes casos de este tipo de agresiones como para incluirlo dentro
de la ley. Sin embargo, el Movimiento Homosexual de Lima (Mhol) asegura que
entre 2006 y 2010, en promedio, una persona LGBT murió asesinada cada semana y
remarca que esta es sólo “la forma más extrema de violencia que también incluye
la intimidación, el acoso, la agresión física o sexual”.
Estos
días, además, se dio a conocer que el Instituto Nacional de Estadística ha
determinado que en el censo a realizarse este año no se registren como “pareja”
a personas del mismo sexo, algo que se hace incluso en los países en donde no
es legal el matrimonio igualitario. Es que el primer paso para excluir a
alguien de los beneficios del Estado es mantenerlo invisible ante este.
Mucho
antes de decidir acabar con su vida, Luis Enrique probablemente intentó de
muchas formas no perder el optimismo, ser comprendido. Pero no lo logró. A
donde sea que miró, sólo encontró intolerancia y maltrato de la sociedad, e
indiferencia del Estado. No hubo alguien ahí para asegurarle que no estaba solo
ni olvidado y que pronto las cosas iban a cambiar para bien. Nadie pudo darle
algo de esperanza antes de que su espíritu se rindiese.
Es
un error común pensar que la lucha por los derechos de las minorías es tarea
exclusiva de dichos sectores. Somos todos los que debemos construir una
sociedad tolerante y exigir un Estado pragmático e inclusivo, libre de
influencias religiosas. Somos todos los que debemos asegurarnos que cada
persona pueda vivir en armonía con su propia identidad. Somos todos los que le
fallamos a Luis Enrique.
